François-René-Auguste CHATEAUBRIAND,
CABALLERO DEL SANTO SEPULCRO
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En el Registro de Caballeros del Santo Sepulcro de Nuestro Señor Jesucristo, llevado por los Padres Guardianes de Tierra Santa desde 1561 (menciona en sus primeras páginas que los Registros anteriores fueron quemados por los turcos) a 1848 (año en el que el Padre Guardián hace Caballero al recién instalado Patriarca de Jerusalén, que recupera la facultad de proceder a las futuras investiduras de armas ante el Santo Sepulcro), figura el siguiente asiento:
Die 12. 7bris an: 1806 De consensu omnium Prum hujus Vnblis Discretorii creatus fuit Eques Ssmi Sepulchri D.N.I.C. Ellmus Donus Franciscus Augustus Chateaubriand civitatis Macluensis Britanie Provincia Gallie[1].
François-René-Auguste, Vizconde de Chateaubriand, nacido en Saint-Malo (Bretaña) el 4 de octubre de 1768 fue armado Caballero del Santo Sepulcro, tras el acuerdo unánime de todos los Padres, por el Custodio de Tierra Santa Padre Buenaventura de Nola.
El Registro menciona la fecha de 12 de septiembre de 1806. Parece, sin embargo, más probable que la ceremonia tuviera lugar el domingo 12 de octubre de 1806, como afirman los escritos del nuevo Caballero. El error en el Registro es explicable por lo difícil que fue para Tierra Santa la primera década del siglo XIX. Prueba de ello es que, de 1801 a 1811 hubo tan sólo cinco cruzamientos ante el Santo Sepulcro: el 28 de mayo de 1801, el 19 de agosto de 1802, el 4 de febrero de 1805, el de Chateaubriand y el 18 de junio de 1808. Los tres primeros lo fueron por Procurador. Sólo estuvieron presentes los interesados en el de Chateaubriand y en el último. Por cierto que, aunque Don Fadrique Enríquez de Rivera -primer marqués de Tarifa, Adelantado de Andalucía y primo hermano de la madre de Fernando el Católico- describiendo el Cruzamiento al que asistió cuando viajó a Jerusalén en 1519 dijera Muy pocos, o ningunos, se arman Españoles, ni Italianos[2], en el de 1808 sí que fueron hechos Caballeros del Santo Sepulcro dos españoles; el Registro refleja que de los ocho investidos ese día dos lo eran:
Item die 18: Mensiss Iugnii an: 1808: post omnia eorum requisita, ut in hoc libro adservantur. Creati fuerunt Equites Ssmi Sepulchri D.N.I.C. Ellmus Donus Iosephus de Almenare Marchio Minister Plenipotenciarus Regis Ispagnie apud Sublimem Portam; (...) Ellmus Domus Dominicus Adadia Comisarius Generalis militum Regnis Ispagnie (...).
En el presente trabajo expondremos las relaciones de Chateaubriand con el Santo Sepulcro a lo largo de su vida. Tratándose de un gran escritor, y además de un escritor que confiesa de manera paladina hablo eternamente de mí, añadiendo no tengo nada en el corazón que tema enseñarlo fuera[3], lo haremos citando extractos de sus escritos. Utilizaremos así un emotivo testimonio personal.
Descendiente de Cruzado
Nuestro ilustre escritor tenía heredada la pasión por el Sepulcro de Cristo de un antepasado lejano que participó en las Cruzadas. Se lee en sus Memorias de Ultratumba:
Mi apellido se escribió primero Brien, después Briant y Briand, por la invasión de la ortografía francesa.
Los Brien a principios del siglo XI comunicaron su apellido a un castillo (château) considerable de Bretaña, y este castillo fue cabeza de la Baronía de Chateaubriand. Las armas de los Chateaubriand eran primero unas piñas con la divisa: Siembro oro. Geoffroy, barón de Chateaubriand, pasó con San Luis a Tierra Santa. Fue hecho prisionero en la batalla de Al Mansura, volvió, y su mujer Sybille murió de alegría y sorpresa al volverlo a ver. San Luis, para recompensar sus servicios, le concedió a él y a sus herederos, en vez de sus antiguas armas, un escudo de gules, sembrado con flores de lis de oro: Cui et ejus haeredibus, atesta un cartulario del priorato de Bérée, sanctus Ludovicus tum Francorum rex, propter ejus probitatem in armis, flores lilii auri, loco pomorum pini auri, contulit[4].
Jerusalén, sueño desde la infancia
Ya de pequeño fue marcado por el deseo de viajar a Tierra Santa como su ilustre ancestro.
Al salir del seno materno, sufrí mi primer exilio; me relegaron a Plancouët, bonito pueblo situado entre Dinan, Saint-Malo y Lamballe. El único hermano de mi madre, el conde de Bedée había construido cerca de dicho pueblo el castillo de Monchoix. Los bienes de mi abuela materna iban desde los alrededores hasta el burgo de Corseul, las Curiosolites de los Comentarios de César. Mi abuela, viuda desde hacía tiempo, vivía con su hermana, la señorita de Boisteilleul, en una aldea separada de Plancouët par un puente, que era llamada la Abadía, por una abadía de Benedictinos, consagrada a Nuestra Señora de Nazaret [5].
Me confiaron a una nodriza en este bonito pueblo de Plancoët. La primera que me dieron resultó estéril. No lo advirtieron al principio. Creí morir. Mi extraño destino se obstinaba en hacerme vivir; una pobre mujer que acababa de alumbrar, amiga de mi nodriza, me dio el pecho junto a su criatura. Pensando que iba a morir, me consagró a la patrona de la aldea, Nuestra Señora de Nazaret, y prometió que, si superaba el trance, iría vestido de azul y blanco hasta los siete años en honor de la Santísima Virgen. Mi madre ratificó el voto. Fui salvado[6].
Volvió a casa de sus padres a los cuatro años[7] y lo llevaron a los siete a dar cumplimiento al voto:
El día de la Ascensión del año 1775, salí de casa de mi abuela, con mi madre, mi tía de Boisteilleul, mi tío de Bedée y sus hijos, mi nodriza y mi hermano de leche, hacia Nuestra Señora de Nazaret. Llevaba una levita banca, zapatos, guantes, un sombrero blancos, y un cinturón de seda azul. Subimos a la Abadía a las diez de la mañana. El convento, colocado al borde del camino, se envejecía con un tresbolillo de olmos del tiempo de Juan V de Bretaña. Del tresbolillo, se entraba al cementerio: el cristiano sólo llegaba a la iglesia a través de la región de los sepulcros: por la muerte se alcanza la presencia de Dios.
Los religiosos ocupaban ya las sillerías; el altar estaba iluminado con una multitud de cirios; unas lámparas bajaban de las diferentes bóvedas: hay en los edificios góticos lejanías y como horizontes sucesivos. Los maceros me vinieron a buscar a la puerta, en ceremonia, y me condujeron hasta el coro. Allí habían preparado tres sitiales: me coloqué en el del medio; mi nodriza se puso a mi izquierda; mi hermano de leche a mi derecha[8].
En las Mémoires de ma vie, no puede evitar el siguiente comentario a esta escena:
La religión, que no conoce de rangos y da siempre lecciones, no veía en esta ceremonia nada más que a la pobre mujer cuyo voto me había salvado de la muerte, y al hijo que había mamado la misma leche que yo: la gran dama, mi madre, estaba en la puerta, la campesina en el santuario[9].
Describe, todavía emocionado muchos años después, la ceremonia de la que era protagonista:
Comenzó la misa: en el ofertorio, el celebrante se giró hacia mí y leyó unas oraciones; tras lo cual me quitaron mis vestidos blancos, que fueron colgados como ex-voto debajo de una imagen de la Virgen. Me pusieron un hábito de color violeta. El prior pronunció un discurso sobre la eficacia de los votos; recordó la historia del barón de Chateaubriand que pasó a Oriente con San Luis; me dijo que quizás visitara yo también, en Palestina, a esta Virgen de Nazaret, a quien debía la vida por la intercesión de las oraciones del pobre, siempre poderosas ante Dios.
Desde la exhortación del Benedictino, he soñado siempre con la peregrinación a Jerusalén, y he conseguido realizarla.
Fui consagrado a la religión, el despojo de mi inocencia ha descansado sobre sus altares: hoy no son mis vestidos, sino mis miserias, lo que haría falta colgar en sus templos[10].
El ingreso fallido en la Orden de Malta le lleva a una boda desafortunada
Su hermano primogénito gestiona que sea presentado a Luis XVI el 19 de febrero de 1787, consiguiendo además que el joven alférez del Regimiento de Navarra sea hecho capitán de caballería, rango honorífico y de cortesía. Y le dice que "sería después fácil ingresar en la Orden de Malta, mediante lo cual obtendría un pingüe beneficio"[11]. Era para ello necesario formar parte del clero.
Como mi madre era una verdadera santa, obtuvo del obispo de Saint-Malo la promesa de hacerme ingresar en la clericatura, a pesar de que tenía algunos escrúpulos para acceder a ello: dar la marca eclesiástica a un laico y militar le parecía una profanación rayana en la simonía.
Me puse de rodillas, en uniforme, la espada al cinto, a los pies del prelado: me cortó dos o tres pelos en la cima de la cabeza; eso se llama tonsura, de la cual recibí letras patentes en buena forma. Con ellas, me podían tocar 200 mil libras de rentas, cuando mis pruebas de nobleza fueran admitidas por Malta: abuso, sin duda, en el orden eclesiástico, pero cosa útil en el orden político de la antigua constitución.
La clericatura, que me fue conferida por las precedentes razones, ha hecho decir a biógrafos mal informados, que había ingresado primero en la Iglesia[12].
Esto sucedía en 1788. Chateaubriand se ríe de su hermano que envió en su nombre las pruebas de nobleza a Malta y pidió al capítulo del Gran Priorato de Aquitania que nombrara un comisario para pronunciarse con urgencia sobre los títulos aportados:
La solicitud fue admitida los días 9, 10 y 11 de septiembre de 1789. Se indica en la admisión del Memorial que merecía a más de un título la gracia que solicitaba, y que consideraciones del mayor peso me hacían digno de la satisfacción que reclamaba.
¡Y todo ello tenía lugar después de la toma de la Bastilla, en vísperas de las escenas del 6 de octubre de 1789 y del traslado de la familia real a París! ¡Y en su sesión de 7 de agosto de este año de 1789, la Asamblea nacional había abolido los títulos de nobleza![13]
Tan extravagante situación sólo podía tener una consecuencia extravagante también. Fallece su padre en 1791, viaja a América y constata, al volver a Bretaña seis meses después:
Mi viaje a América había abierto una brecha en mi fortuna; mis propiedades reducidas casi a la nada en la partición como hermano pequeño por la supresión de los derechos feudales: los beneficios simples que debían corresponderme en virtud de mi afiliación a la Orden de Malta, cayeron con los demás bienes del clero en manos de la nación. Este concurso de circunstancias decidió el acto más grave de mi vida: me casaron, para procurarme el medio de ir a matarme sosteniendo una causa que no me gustaba[14].
Creyendo haber accedido al patrimonio por el matrimonio, salió a enrolarse en el ejército monárquico en el exilio, refugiándose después en Bélgica e Inglaterra hasta el advenimiento de Bonaparte. A su retorno, constató que, si la pasión no había estado más presente en su boda que en la candidatura a Malta, también brillaba por su ausencia el interés, ya que su mujer no era la rica heredera que le habían descrito. Se consoló, sin embargo, ampliamente a lo largo de su vida, porque entre sus virtudes no figuraba la de la fidelidad conyugal...
Lloré y creí
Durante su exilio, recibió una carta de su hermana, contándole cómo su madre, aherrojada a sus 72 años en un calabozo, donde vio morir a varios de sus hijos, había fallecido en un camastro víctima de sus desgracias. Antes de morir encargó a su hija que recordara a François -benjamín de sus diez vástagos- la religión en la que había sido educado. Cuando le llegó su carta, la hermana había muerto también a consecuencia de lo sufrido en su propia detención.
La idea de haber amargado los viejos días de la mujer que me llevó en sus entrañas, me desesperó: tiré al fuego con horror los ejemplares del Ensayo histórico, político y moral sobre las revoluciones antiguas y modernas[15], como instrumento de mi crimen; si me hubiera sido posible aniquilar el libro, lo hubiera hecho sin dudar[16]. Me repuse de esta turbación cuando me vino la idea de expiar mi primera obra con una obra religiosa: tal fue el origen de El Genio del Cristianismo.
Estas dos voces salidas de la tumba, esta muerta que servía de intérprete a la muerte, me golpearon. Devine cristiano. No he cedido, lo admito, a grandes luces sobrenaturales: mi convicción salió del corazón; lloré y creí[17].
Escribe, pues, El Genio del Cristianismo, obra clamorosamente acogida, porque hace descubrir a sus lectores la belleza de la religión cristiana.
Publiqué El Genio del Cristianismo en medio de las ruinas de nuestros templos. Los fieles se creyeron salvados: se tenía entonces una necesidad de fe, una avidez de consuelos religiosos, que venían de la privación de estos consuelos durante largos años. ¡Cuántas fuerzas sobrenaturales había que pedir para tantas adversidades sufridas! ¡Cuántas familias mutiladas tenían que buscar en el Padre de los hombres los hijos que habían perdido! ¡Cuántos corazones rotos, cuántas almas transformadas en solitarias, llamaban a una mano divina que curara! Uno se precipitaba a la casa de Dios, como se entra a la casa del médico el día de un contagio. Las víctimas de nuestras turbaciones (¡y qué víctimas!) se refugiaban en el altar; náufragos que se agarran a la roca en la que buscan su salvación[18].
Tras el éxito de El Genio del Cristianismo es nombrado por Bonaparte Secretario de la Embajada de Francia en Roma y después Embajador ante la República helvética de Valais. Estando en París para recoger sus cartas credenciales, lee en la prensa lo sucedido al Duque de Enghien. Este Príncipe de la casa de Borbón vivía refugiado en Alemania cuando fue secuestrado en la noche del 15 al 16 de marzo de 1804 por un escuadrón de Dragones. Lo trajeron al Castillo de Vincennes, en las proximidades de París, a donde llegó el 20 de marzo a las cinco de la tarde. Ese mismo día a las once de la noche compareció ante un Consejo de Guerra sumarísimo que lo condenó a muerte. Fue fusilado pocas horas después. Matando a un Borbón, el Primer Cónsul quiso tranquilizar a los regicidas de 1793 y persuadirlos de que Bonaparte era uno de los suyos. Preparaba así su proclamación como Emperador de los franceses, que tuvo lugar dos meses después. Faltó tiempo a Chateaubriand para presentar a Napoleón una fulminante carta de dimisión porque no quería asociarse a tal crimen.
La muerte del Duque de Enghien tuvo para mí la ventaja, tirándome aparte, de dejarme seguir en la soledad mi inspiración particular e impedir que me alistara en la infantería regular del viejo Pindo: debo a mi libertad moral mi libertad intelectual[19].
Constata las consecuencias de la ruptura desde el punto de vista material, ya que sus ingresos vuelven a ser exclusivamente los derivados de su pluma. Pero está encantado con ello. Si hubiera permanecido al servicio del Emperador,
quizá hubiera logrado mantener algunas ideas de libertad y de moderación en la cabeza del gran hombre; pero mi vida, colocada entre las que se denominan felices, hubiera estado privada de lo que conforma su carácter y su honor: la pobreza, el combate y la independencia[20].
Huyendo de Bonaparte, cumple su sueño juvenil de peregrinar a Jerusalén para postrarse ante la única tumba que no tendrá nada que devolver al final de los siglos[21]. Comienza su Itinerario de París a Jerusalén escribiendo:
Puede parecer extraño hablar hoy de votos y de peregrinaciones; pero sobre este punto no tengo pudor y me he colocado desde hace tiempo en la clase de los supersticiosos y de los débiles. Seré quizás el último francés que salga de mi país para viajar a Tierra Santa con las ideas, el objetivo y los sentimientos de un antiguo peregrino. Pero si no tengo las virtudes que brillaron antaño en los señores de Coucy, de Nesles, de Chatillon, de Montfort, por lo menos me queda la fe; con esta marca, me podrán todavía reconocer los antiguos Cruzados[22].
Hacia Jerusalén, recorre primero Grecia admirando los restos de la antigüedad pagana y cristiana. El Cónsul de Francia le había dado una carta de presentación para uno de los principales turcos de Misitra llamado Ibraim-Bey, que lo invitó a comer.
Durante el almuerzo, el Jefe de la Ley me hizo varias preguntas por medio del intérprete: quería saber por qué viajaba, si no era ni comerciante, ni médico. Le contesté que viajaba para ver gentes, y sobre todo para ver a los Griegos que ya habían muerto. Esta contestación le hizo reír: replicó que, puesto que había venido a Turquía, hubiera debido aprender el turco. Encontré una razón de mis viajes mejor para él, diciéndole que yo era un peregrino hacia Jerusalén."¡Hadgi! "¡Hadgi!" (que quiere decir ¡peregrino! ¡peregrino!) exclamó. Estuvo plenamente satisfecho. La religión es una especie de lengua universal, que entienden todos los hombres. Este Turco no podía comprender que yo me fuera de mi patria por un simple motivo de curiosidad; pero encontró natural que me lanzara en un largo viaje para ir a rezar ante una tumba, y pedir a Dios algo de prosperidad o que me librara de una desgracia. Ibraim que, al presentarme su hijo, me había preguntado si tenía descendientes, estaba persuadido de que iba a Jerusalén para obtenerlos. He visto salvajes del Nuevo Mundo indiferentes a los modales extranjeros, y únicamente atentos, como los Turcos, a mis armas y a mi religión, es decir, a las dos cosas que protegen al hombre en sus relaciones con el alma y con el cuerpo. Este consenso unánime de los pueblos sobre la religión y esta simplicidad de ideas, me han parecido dignos de ser subrayados[23].
Visita Constantinopla y de ahí embarca hacia Tierra Santa. Arribado a Jaffa, se encamina hacia Jerusalén, Belén y el Mar Muerto.
Al llegar a Jerusalén, lo primero que constata es cuán dura es la vida de los cristianos en la Ciudad Santa:
Llegamos, a mediodía y 22 minutos, al monasterio de los Padres latinos. Estaba invadido por los soldados de Abdallah, que se hacían dar todo lo que encontraban a su gusto.
Hay que ponerse en la posición de los Padres de Tierra Santa para comprender el placer que les causó mi llegada. Se creyeron salvados por la presencia de un solo Francés. Entregué al Padre Buenaventura de Nola, Guardián del convento, una carta del Sr. General Sebastiani. "Señor, me dijo el Guardián, lo trae la Providencia. ¿Tiene usted los firmanes de ruta? Permítanos enviarlos al pacha; sabrá que un Francés se aloja en el convento; creerá que estamos especialmente protegidos por el Emperador. El año pasado, nos obligó a pagarle sesenta mil piastras; según los usos, no le debemos sino cuatro mil, y ello a título de simple regalo. Quiere extorsionarnos este año la misma cantidad, y nos amenaza con las últimas extremidades, si se la rehusamos. Nos veríamos obligados a vender los vasos sagrados; pues desde hace cuatro años no recibimos ninguna limosna de Europa: si continúan así las cosas, estaríamos forzados a abandonar la Tierra Santa, y a entregar a los Mahometanos la Tumba de Jesucristo[24].
Reitera en diferentes pasajes su admiración por los Religiosos Guardianes de Tierra Santa:
En las ruinas de Jerusalén viven religiosos cristianos a los que nada puede forzar a abandonar la tumba de Jesucristo, ni expoliaciones, ni malos tratos, ni amenazas de muerte. Sus cánticos resuenan noche y día alrededor del Santo Sepulcro. Despojados en la mañana por un gobernador turco, se les encuentra por la tarde al pie del Calvario, rezando en el lugar donde Jesucristo sufrió por la salvación de los hombres. Su frente es serena, su boca risueña. Reciben al extranjero con alegría. Sin fuerzas y sin soldados, protegen a pueblos enteros contra la iniquidad. Oprimidos por el bastón y por el sable, mujeres, niños, rebaños se refugian en los claustros de estos Solitarios. ¿Quién impide al malévolo armado perseguir su presa, y derribar tan débiles murallas? la caridad de los monjes; se privan de los últimos recursos de la vida para rescatar a los que se lo suplican. Turcos, Árabes, Griegos, Cristianos cismáticos, todos se abalanzan bajo la protección de unos pobres Religiosos, que no pueden defenderse a sí mismos. Aquí es preciso reconocer con Bossuet "que manos levantadas hacia el cielo, derrotan más batallones que manos armadas con jabalinas"[25].
Recorre y describe detalladamente los Santos Lugares con el interés de quien los visita por vez primera, pero demostrando sobre todo la devoción que le inspiran como a cualquier fiel cristiano. Al entrar en el Sepulcro del Señor escribe:
Los lectores cristianos se preguntarán quizá qué sentimientos experimenté en este temible lugar; no puedo realmente decirlo. Venían a mi mente tantas cosas a la vez, que no me paraba en ninguna idea particular. Permanecí casi media hora de rodillas en el pequeño cuarto del Santo Sepulcro, con las miradas fijas sobre la piedra sin poder arrancarlas de ella. Lo único que puedo asegurar es que viendo este Sepulcro triunfante, sólo noté mi debilidad; y cuando mi guía exclamó con San Pablo: Ubi est, Mors, victoria tua? Ubi est, Mors, stimulus tuus? escuché atentamente, como si la Muerte fuera a responder que estaba vencida y encadenada en este monumento[26].
Caballero del Santo Sepulcro
Cuando en 1840 Chateaubriand creyó haber acabado las Memorias de Ultratumba, incineró todos sus apuntes. Pero hubo un texto salvado de la hoguera, que fue encontrado en 1938 entre los papeles recibidos de su padre por la Condesa de Durfort, sobrina tataranieta de nuestro escritor, y publicado bajo el título de Journal de Jérusalem. Se puede leer en su carátula:
He destruido todos mis manuscritos; el único que me queda es el de mi viaje a Jerusalén, porque lo escribí en medio del mar y de las tempestades, en el año 1807. No he tenido el valor de quemarlo porque se parece demasiado a toda mi vida[27].
Comienza cuando se embarca en Constantinopla hacia Tierra Santa el 18 de septiembre de 1806 y acaba el 12 de octubre de 1806, día de su marcha de Jerusalén. Y curiosamente dice en sus últimas páginas:
Domingo 12.
Fui a oír misa en el Santo Sepulcro y a prosternarme una vez más ante la Tumba de Jesucristo. Vuelto al convento, me despedí de los Padres que me habían recibido con tanta hospitalidad.
Quisieron hacerme un honor que no había merecido y que habría aceptado con respeto en cualquier otra circunstancia. Considerando los pequeños servicios que pensaban que yo había prestado a la Religión, me propusieron la Orden del Santo Sepulcro.
En esta ocasión, sacan del Tesoro de San Salvador la espada de Godofredo de Bullón y sus espuelas, y se arma al caballero de la manera antigua, golpeando su espalda con la espada y calzándole la bota y la espuela.
Vi con emoción la larga espada de un caballero francés que había sido manejada por una mano tan noble y tan leal y que no había golpeado nada más que al fuerte[28].
Una nota marginal indica aquí:
Me hubiera sentido consagrado por esta noble espada. No soy ajeno a las armas, mi sangre ha sido derramada ya en Tierra Santa, y cuando le plazca a Dios, vertiré gustoso la mía por la Religión.
Explica los motivos de su decisión aparente de no aceptar la Orden del Santo Sepulcro:
Hay que haber merecido por más virtudes y obras que cuántas he demostrado, el honor que quisieron hacerme estos religiosos.
Me paró otra consideración. Vivo en un país en el que no se puede ostentar una orden extranjera sin autorización del gobierno y soy muy poca cosa para importunar al gobierno con mis solicitudes.
Rehusé, pues, diré que con pena, la propuesta de los Padres[29].
Se comprende que, usando -diríamos hoy en día- el derecho de no declarar contra sí mismo, ocultara la verdad en un manuscrito que podía caer en manos extrañas. El Journal de Jérusalem concluye cuando Chateaubriand sale de Jerusalén al atardecer del 12 de octubre de 1806:
Eran las 6 horas 29 minutos cuando perdí de vista la Ciudad Santa, momento que retuve como el navegante que, después de haber descubierto una tierra nueva, escribe en su diario la hora y el minuto en que desapareció de sus ojos una tierra que no volverá a ver nunca[30].
Escribe, pues, estas últimas páginas cuando navegaba por aguas del Norte de África en la vuelta a su país. Tenía que ocultar que había recibido la Orden, pues no podía ni suplicar a Bonaparte que le diera la necesaria licencia, ni exponerse a una sanción por no respetar la legislación vigente. Al llegar a Francia, pudo enterarse de que, al ser concedida por el Prior de un convento de Tierra Santa, no caía bajo la prohibición de la ley francesa, que se aplicaba tan sólo a las órdenes otorgadas por un soberano extranjero. Ya no tenía razón de esconder su condición de Caballero del Santo Sepulcro y narró en el Itinerario la realidad de lo sucedido[31].
Describe así el solemne acto litúrgico de su Investidura de Armas como Caballero del Santo Sepulcro con el que culmina su peregrinación a Tierra Santa:
Había visto todo en Jerusalén, conocía ya el interior y el exterior de esta ciudad, incluso mucho mejor que lo que hay dentro y fuera de París. Comenzaba a pensar en mi marcha. Los Padres de Tierra Santa quisieron hacerme un honor que no había ni solicitado, ni merecido. Considerando los pequeños servicios que, según ellos, había prestado a la religión, me rogaron que aceptase la orden del Santo Sepulcro. Esta orden, muy antigua en la cristiandad, sin que sea necesario remontar su origen a Santa Elena, estaba en otro tiempo muy presente en Europa. Hoy no se encuentra más que en Polonia y en España: el Guardián del Santo Sepulcro es el único que tiene el derecho de conferirla.
Salimos a la una del convento, y fuimos a la iglesia del Santo Sepulcro. Entramos en la capilla que pertenece a los Padres latinos; cerraron cuidadosamente sus puertas por miedo de que los Turcos vieran las armas, lo que hubiera costado la vida a los Religiosos. El Guardián se revistió con sus ornamentos pontificales; encendieron las lámparas y los cirios; todos los Hermanos presentes formaron un círculo alrededor mío, con los brazos cruzados sobre el pecho. Mientras cantaban en voz baja el Veni Creator, el Guardián subió al altar, y yo me arrodillé a sus pies. Sacaron del tesoro del Santo Sepulcro las espuelas y la espada de Godofredo de Bullón. Dos religiosos, de pie a cada uno de mis lados, llevaban los venerables despojos. El oficiante recitó los rezos acostumbrados y me hizo las preguntas de rigor. Después me calzó las espuelas y me dio tres espaldarazos con la espada. Los religiosos entonaron el Te Deum, mientras que el Guardián pronunciaba esta oración sobre mi cabeza: Señor, Dios todo poderoso, imparte tu gracia y tus bendiciones sobre este servidor tuyo, etc.
Todo esto no es nada más que el recuerdo de costumbres que ya no existen. Pero, que se piense que estaba en Jerusalén, en la iglesia del Calvario, a doce pasos de la Tumba de Jesucristo, a treinta de la tumba de Godofredo de Bullón; que acababa de calzar la espuela del liberador del Santo Sepulcro, de tocar esta larga y ancha espada de hierro que había manejado una mano tan noble y leal; que se recuerde estas circunstancias, mi vida de aventuras, mis viajes por tierra y por mar, y podrá creerse sin dificultad lo emocionado que estaba. Esta ceremonia, además, no podía ser totalmente vana: yo era francés; Godofredo de Bullón era francés: sus viejas armas, al tocarme, me habían comunicado un amor nuevo por la gloria y el honor de mi patria. Sin duda yo no estaba sin reproche; pero cualquier francés puede decir de sí mismo sin miedo.
Me entregaron mi diploma, con la firma del Guardián y el sello del convento. Con este brillante diploma de caballero, me dieron mi humilde certificado de peregrino. Los conservo, como monumento de mi paso por la tierra del viejo viajero Jacob[32].
El Itinerario indica, por falsa modestia, que se cruzó a petición del Custodio de Tierra Santa. El viajero alemán Seetzen nos dice:
Chateaubriand visitó Jerusalén durante este verano. Allí se hizo armar caballero del Santo Sepulcro con gran ceremonial, y ha tratado de responder al honor que se le hacía efectuando un donativo importante al convento[33].
Un eslabón de una cadena nueve veces centenaria
La investidura de armas litúrgica de Chateaubriand ante el Santo Sepulcro de Nuestro Señor hace de él un eslabón más de la tradición cuyo origen remonta a la época de las Cruzadas y que perdura hasta nuestros días: la Iglesia sigue haciendo esta investidura litúrgica de armas, tan sólo a los caballeros de la Orden del Santo Sepulcro de Jerusalén.
La investidura de armas de los nuevos caballeros solía hacerse en la Edad Media dentro de una Iglesia, cuando no tenía lugar en el campo de batalla. Evidentemente la dignidad del lugar, tanto como la calidad del oficiante de la ceremonia, acrecentaba el honor que recibía el nuevo Caballero.
Ricardo el Peregrino, que participó en la primera Cruzada a Tierra Santa, compuso una canción de gesta, El Cantar de Antioquía, a la que se reconoce valor de testimonio histórico a pesar del género al que pertenece[34]. Se lee en ella la historia del escudero Gontiers Daire a quien Godofredo de Bullón, tras una proeza contra los turcos delante de Antioquía, le propone: Cuando quiera, lo armaremos caballero. A lo que responde el interesado: Señores ¡bendigamos a Dios! Hasta que llegue al Santo Sepulcro no seré armado caballero[35]. Gontiers Daire era consciente de que, aunque su hazaña lo hacía merecedor de la Caballería, más le valía esperar algún tiempo y tener el alto privilegio de ser armado ante la Tumba del Señor. Podemos pensar que fue el primer caballero del Santo Sepulcro[36].
Tras la conquista de Jerusalén el 15 de julio de 1099, el Patriarca y los Canónigos instituidos en el Santo Sepulcro por Godofredo de Bullón oficiaron lógicamente tal ceremonia con Gontiers Daire y con otros candidatos, aunque no se hayan conservado los registros de aquél entonces por las vicisitudes sufridas por los Santos Lugares.
Después de la caída de Jerusalén ante Saladino el 2 de octubre de 1187, y salvo un breve periodo entre 1229 y 1244, Jerusalén deja de estar en manos cristianas. Posteriormente a la toma del poder en 1250 por los Mamelucos en El Cairo, el Papa prohibió la peregrinación a la Ciudad Santa, considerando que los cristianos debían, en vez de peregrinar, alistarse en la Cruzada. Fue muy difícil el acceso a los Santos Lugares hasta que en 1333 se instalan los franciscanos en Jerusalén gracias a negociaciones que fueron conducidas por iniciativa del Rey de Aragón y que permitieron la reinstauración del culto latino en Jerusalén y la vuelta de los peregrinos[37]. Comienzan inmediatamente los testimonios de caballeros investidos como tales en el Santo Sepulcro.
Por ejemplo, Guillermo de Boldensel en su libro Hodoeporicon ad Terram Sanctam, narra la peregrinación que hizo en 1336 a Jerusalén. Toma el título de Miles in Coelesti Hierusalem, y cuenta cómo invistió caballeros ante el Santo Sepulcro a dos gentilhombres[38].
El Registro de la Custodia nos proporciona el nombre de centenares de caballeros investidos cabe la Tumba de Nuestro Señor por el Padre Custodio de Tierra Santa. Actualmente son miles los fieles que, siguiendo una tradición sin solución de continuidad desde las Cruzadas, son hechos caballeros en las investiduras de armas que la Orden de Caballería del Santo Sepulcro realiza en los numerosos países en los que tiene Lugartenencias.
Como en otros tiempos, los que van a ser armados caballeros oyen decir al celebrante: Recibe estas espuelas, que son símbolo de vuestra milicia, para honor y gloria del Santo Sepulcro. Luego: Recibe esta espada que a vosotros debe recordaros la defensa de la Santa Iglesia de Cristo y la lucha por la custodia y la tutela de la patria terrena del Redentor Divino y tened bien en mente que el Reino de Dios no se conquista con la espada, sino con la fe y la caridad. Y al darle el espaldarazo con la espada: Yo te constituyo y proclamo caballero del Santo Sepulcro de Nuestro Señor Jesucristo. Para concluir: Recibe la Cruz de Nuestro Señor Jesucristo para que ella os proteja y a tal fin repítete insistentemente: Te adoramos Cristo y te bendecimos porque con tu Cruz has redimido al mundo[39].
Antaño y hogaño, como Chateaubriand, las damas y caballeros del Santo Sepulcro peregrinan a Jerusalén, viven la espiritualidad de la Resurrección del Señor, financian la presencia católica en los Santos Lugares asumiendo la carga económica de los numerosos hospitales, escuelas, seminarios, parroquias, etc. del Patriarcado Latino de Jerusalén, y defienden con uñas y dientes a los cristianos de Oriente Medio en la situación tan angustiosa en la que se encuentran.
Digresión española
A la vuelta de su peregrinar, Chateaubriand pasa por España[40]. Confiesa discretamente lo que no es un secreto para sus biógrafos: este eterno enamoradizo va a ver a Natalie de Noailles, que se halla en Granada preparando las ilustraciones para el libro sobre España de su hermano Alexandre de Laborde[41]. Nos dice en un capítulo que suprimió ulteriormente del Libro sobre Venecia[42]:
Mas ¿he dicho todo en el Itinerario sobre este viaje comenzado en el puerto de Desdémona y acabado en el país de Jimena? ¿Iba yo a la tumba de Cristo con las disposiciones del arrepentimiento? Un único pensamiento llenaba mi alma; devoraba los momentos: bajo mi vela impaciente, fija la mirada en la estrella del anochecer, le pedía el aquilón para singlar más deprisa. ¡Cómo me latía el corazón al llegar a las costas de España! ¡Cuántas desgracias han seguido a este misterio! El sol las alumbra todavía; la razón que conservo me las recuerda[43].
Natalie de Noailles inspiró a Chateaubriand, con sus relatos apasionados, Las Aventuras del último Abencerraje, viéndose incluso retratada en el personaje de Blanca. El libro fue escrito tras este viaje a España, aunque vio el día mucho después. Indica el autor:
Las Aventuras del último Abencerraje están escritas desde hace casi veinte años: el retrato que he trazado de los Españoles explica bastante por qué esta Novela no ha podido ser impresa bajo el gobierno imperial. La resistencia de los españoles a Buonaparte, de un pueblo desarmado a este conquistador que había vencido a los mejores soldados de Europa, excitaba entonces el entusiasmo de todos los corazones susceptibles de ser sensibles a las grandes abnegaciones y a los nobles sacrificios. Las ruinas de Zaragoza humeaban todavía, y la censura no hubiera permitido los elogios, en los que hubiese descubierto, con razón, un interés oculto por las víctimas[44].
Su viaje a España no acaba tan sólo con una novela. Más de tres lustros después sigue teniendo consecuencias:
Atravesé de un cabo al otro esa España en la que, dieciséis años más tarde, el cielo me reservaba un gran papel, contribuyendo a sofocar la anarquía en un pueblo noble y a liberar a un Borbón: el honor de nuestras armas fue restablecido y hubiera salvado la Legitimidad, si la Legitimidad hubiese comprendido las condiciones de su duración[45].
En efecto, siendo Ministro de Asuntos Exteriores de Luis XVIII, envía en nombre de la Santa Alianza a los Cien Mil Hijos de San Luis[46], mandados por el Duque de Angulema –que pronto iba a convertirse en Delfín del Reino, por ser hijo mayor del hermano menor del rey, el futuro Carlos X- para liberar a Fernando VII de las Cortes liberales. Esta vez el ejército francés no viene, como en tiempos de Napoleón, contra el Rey legítimo, sino a su favor, lo que transforma la expedición en un verdadero paseo hasta el Sur de España: el 7 de abril de 1823 cruza el Bidasoa; el 24 de mayo entra en Madrid; el 16 de junio llega hasta Cádiz, donde se halla prisionera la familia real, y las Cortes deciden hacer frente, para salvar la cara, a las tropas extranjeras. El 31 de agosto éstas conquistan Trocadero (victoria que da nombre a la plaza parisina enfrente de la Torre Eiffel, al otro lado del Sena): allí, según Chateaubriand, volvió a aparecer la intrepidez francesa, lo que permitió al Delfín mostrar su valor, que nos entregó, por decirlo así, toda España, que había escapado a la gloria y al genio de Napoleón[47]. Y el 1 de octubre, las Cortes devolvieron el poder y la libertad a Fernando VII.
Para Chateaubriand,
El mayor acontecimiento de mi carrera política es la guerra de España[48].
Años después, al pasar por la ciudad en la que tuvo lugar el Congreso donde se decidió la expedición, escribe, demostrando una vez más que la modestia no era su principal característica:
Atravesé Verona no sin emoción: allí había comenzado realmente mi carrera política. Venía a mi mente lo que el mundo hubiera podido ser si esta carrera no hubiese sido interrumpida por unos miserables celos[49].
No pensaban lo mismo los españoles, y eso que Chateaubriand había dado instrucciones a su Embajador en Madrid de que predicara la moderación a Fernando VII. Lo demuestran los versos de Bretón de los Herreros:
¡Fatal año veintitrés,
fatal nuestra desunión
y fatal la intervención
del ejército francés!
A los hijos de Numancia,
ella trajo el despotismo....
Mas la Francia no es lo mismo
que el gobierno de la Francia[50].
El crucifijo de Tierra Santa
Si algo caracteriza a Chateaubriand es que llega sin el menor reparo hasta la última consecuencia de sus convicciones, lo que le acarreó romper con todos los regímenes políticos de su tiempo. Philarète Chasles, que -por intervención de Chateaubriand cuando éste era Ministro- había sido liberado de la prisión a donde le condujeron sus opiniones republicanas, lo definió como Caballero demócrata, liberal monárquico, católico librepensador; todo ello con una perfecta sinceridad[51].
Por liberal, rompe con Carlos X cuando éste promulgó unas ordenanzas contra la libertad de prensa. Pero también rompe con Luis Felipe, porque, como monárquico, no podía tolerar que, al abdicar en 1830 Carlos X y su hijo el Delfín, se hubiera sentado en el trono en vez de proclamar rey al nieto de Carlos X, hijo del asesinado Duque de Berry. Hay que subrayar de paso que todas sus rupturas implicaban la pérdida de cuantas fuentes de renta disponía como par del reino, senador, ex-ministro, etc.
La Duquesa viuda de Berry hizo en la primavera de 1832 una expedición a Francia para reivindicar los derechos de su hijo. Y, aunque el Consejo de Familia desaconsejó la aventura, como Chateaubriand formaba parte del mismo fue detenido por la policía el 20 de junio de 1832 a las cuatro de la madrugada por "complot contra la seguridad del Estado", pasando el primer día en un lóbrego calabozo y el resto, hasta el sobreseimiento el 30 de junio de la causa abierta contra él, en una habitación de la casa del Prefecto de París. Cuando acaba de vestirse para acompañar a los que venían a detenerle a tan temprana hora, observa lo siguiente:
Esos señores habían trastornado mis papeles, pero no habían cogido ninguno. Mi gran sable de Mameluco llamó su atención; hablaron entre sí en voz baja y acabaron por dejar el arma debajo de un montón de folios polvorientos, en medio de los cuales yacía un crucifijo de madera amarilla que había traído de Tierra Santa[52].
La narración del viaje a Jerusalén
Emigra, una vez más, a Ginebra y cuando se entera de que la Duquesa ha sido aprisionada, vuelve inmediatamente a París, ofreciéndose a defenderla. Publica el 29 de diciembre de 1832 el opúsculo Mémoire sur la captivité de Madame la Duchesse de Berry que tiene gran éxito editorial. Una de las frases escritas en esta Memoria se transforma en eslogan: Señora, su hijo es mi rey. El 25 de enero de 1833 el Gobierno ordena que se proceda penalmente contra él. Pasa el 27 de febrero de 1833 ante el Tribunal del Jurado, competente para conocer de los crímenes más graves, pero es absuelto, lo que representa un gran éxito político.
Consecuencia de ello es un episodio que demuestra lo presente que estaba Tierra Santa en Chateaubriand. La Duquesa de Berry le pide que viaje a Praga, donde está refugiado Carlos X, para informarse sobre la educación que sus hijos reciben del abuelo y para que no se olviden de su madre prisionera. Hace de tripas corazón y asume su embajada acerca del antiguo rey que le reprochaba las críticas a las ordenanzas que motivaron su caída. Visita al abuelo en presencia de los nietos y, por la tarde se entrevista con el niño Henri V y con Mademoiselle, su hermana mayor:
Mademoiselle me dijo enseguida: "¡Oh! Henri ha sido muy tonto esta mañana: tenía miedo. El abuelo nos había dicho: Adivinad a quien veréis mañana: ¡es una potencia de la tierra! Habíamos contestado: ¡Bien! es el Emperador. No, ha dicho el abuelo. Hemos buscado; y no hemos podido adivinar. Ha dicho: Es el Vizconde de Chateaubriand. Me di un manotazo en la frente por no haberlo adivinado". Y la princesa se golpeaba la frente, poniéndose colorada como una rosa, sonriendo espiritualmente con sus bellos ojos tiernos y húmedos; me moría de ganas respetuosas de besar su pequeña mano blanca[53].
Y naturalmente sale en esas visitas el viaje a Oriente:
Mademoiselle golpeó sus manos y se acercó de mi. "Señor de Chateaubriand, me dijo, cuente a mi hermano las pirámides y la tumba de Nuestro Señor."
Hice lo mejor que pude una narración de las pirámides, de la santa tumba, del Jordán, de Tierra Santa. La atención de los niños era maravillosa: Mademoiselle cogía con sus dos manos su bonita cara, apoyando casi los codos sobre mis rodillas, y Henri encaramado en un alto sillón removía sus piernas colgantes.
¡Amables niños! el viejo cruzado os contó las aventuras de Palestina, pero ¡no en el hogar de la reina Blanca! Para encontraros vino a golpear con su bastón de palmero y con sus sandalias polvorientas el umbral helado del extranjero[54].
Testimonios de su condición de Caballero del Santo Sepulcro
Chateaubriand presumió toda la vida de su condición de Caballero del Santo Sepulcro.
Por ejemplo, en carta de 3 de julio de 1814 al duque de Fitz-James recuerda
He sido armado caballero del Santo Sepulcro con la espada de Godofredo de Bullón, en la tumba de Jesucristo[55].
El 16 de de 1817 escribe a Luis XVIII:
Habiendo recibido la Orden del Santo Sepulcro en Jerusalén[56].
El Conde Marcellus, que fue su amigo y Secretario de su Embajada en Londres en 1821, nos da testimonio de que le oyó decir:
Tengo en una caja de cartón todas las primeras órdenes de la cristiandad, incluyendo la del Espíritu Santo y la del Toisón de Oro; de cuantas condecoraciones se amontonan sobre mi pecho, la única que estimo es mi cruz del Santo Sepulcro[57].
La presidencia del Comité para la defensa de los Cristianos en Oriente
En la década de los años 1840, acepta la presidencia de un Comité para la defensa de los Cristianos en Oriente, en el que legitimistas, políticos de extrema izquierda y una decena de periodistas, unen a todas las fuerzas de la oposición en un combate común[58]. Continúa su lucha por los cristianos del Oriente Medio.
Toda su vida tuvo presente el estremecedor recuerdo de la dolorosa impresión que le causó su salida de Jerusalén en 1806, para iniciar, tras su ceremonia de investidura como Caballero del Santo Sepulcro, la vuelta a Francia por África del Norte y por España:
Agradecí a los Padres su hospitalidad; les deseé muy sinceramente una felicidad que no esperan aquí bajo; a punto de dejarlos, experimenté una verdadera tristeza. No conozco martirio comparable al de estos infortunados Religiosos; el estado en el que viven recuerda aquél en el que se estaba, en Francia, bajo el reino del Terror. Iba a volver a mi patria, abrazar a mis parientes, rever a mis amigos, volver a encontrar las dulzuras de la vida; y estos Padres, que tenían también parientes, amigos, patria, permanecían exilados en esta tierra de esclavitud. Todos no tienen la fuerza de alma que le hace a uno insensible a las penas; he oído lamentos que me han permitido conocer el alcance del sacrificio. Jesucristo en estos mismos lugares ¿no encontró el cáliz amargo? Y sin embargo lo bebió hasta la hez[59].
El final de un Caballero del Santo Sepulcro
En París el 4 de julio de 1848, a las 8,45 de la mañana, Chateaubriand hizo frente a su cita con la muerte, tal y como lo había deseado, con la valentía y la confianza de un Caballero del Santo Sepulcro:
Veo los reflejos de una aurora de la que no veré la salida del sol. Sólo me queda sentarme al borde de mi fosa; tras lo cual bajaré atrevidamente, con el crucifijo en la mano, a la eternidad[60].
Sus restos mortales esperan el día de la resurrección de la carne bajo la cruz de granito que culmina un sepulcro frente al mar en el islote bretón de Grand Bée, accesible a pie enjuto desde su ciudad natal durante la marea baja.
[1] Registrum Equitum Ssmi. Sepulchri Domini Nostri Jesu Christi (1561-1848), Bérgamo, 2006, publicado en preciosa edición por la Custodia de Tierra Santa y el Gran Magisterio de la Orden de Caballería del Santo Sepulcro de Jerusalén.
[2] Fadrique ENRÍQUEZ DE RIBERA, Marqués de Tarifa, Este es el libro del Viaje que hice a Jerusalén, Sevilla, 1606, pp. 37 y 38.
[3] Itinéraire de Paris à Jérusalem, París, Gallimard, 2005, prefacio de la primera edición, p. 57. Vid. Philippe ANTOINE, Les récits de voyage de Chateaubriand, París, Champion, 1997, p. 40. Garabed DER-SAHAGHIAN, Chateaubriand en Orient, Venecia, Saint-Lazare-Imprimerie Arménienne, 1914. Varios autores, Chateaubriand en Orient Itinéraire de Paris à Jérusalem 1806-1807, Maison de Chateabriand, 2006.
[4] Mémoires d'Outretombe, París, Garnier, 1989 el primer volumen y 1998 los otros tres, libro 1, cap. 1.
[5] Mémoires d'Outretombe, libro 1, cap. 3.
[6] Mémoires de ma vie, publicadas en exordio a Mémoires d'Outretombe, libro 1.
[7] Mémoires de ma vie, libro I.
[8] Mémoires d'Outretombe, libro 1, cap. 4.
[9] Libro 1.
[10] Mémoires d'Outretombe, libro 1, cap. 4.
[11] Mémoires d'Outretombe, libro 4, cap. 7.
[12] Mémoires d'Outretombe, libro 5, cap.5.
[13] Mémoires d'Outretombe, libro 1, cap, 1. Gérard JULLIEN DE POMMEROL, Chateaubriand et l’Ordre de Malte, Bulletin de la Société Chateaubriand, XLVII (2004), pp. 118 y sig., pone de relieve que la admisión del Memorial era un paso necesario pero no suficiente para ser miembro de la Orden de Malta. También recuerda que Chateaubriand tomó la defensa de ésta en la Cámara de los Pares el 21 de marzo de 1817 oponiéndose a la venta de los bosques que la Convención le había confiscado y subrayando los servicios prestados al mundo por la Orden de San Juan de Jerusalén.
[14] Mémoires d'Outretombe, libro 9, cap. 1.
[15] Editado en Londres en 1797.
[16] Naturalmente, es necesario matizar. El propio Chateaubriand dice: Me ha parecido, al releer mis obras para corregirlas, que las dominan dos sentimientos: el amor por una religión caritativa y un apego sincero por las libertades públicas. En el Ensayo histórico incluso, en medio de innumerables errores, se notan ambos sentimientos. Si esta observación es justa, si he luchado en todas partes y en todo momento, por la independencia de los hombres y por los principios religiosos ¿qué puedo temer de la posteridad? Podrá olvidarme, pero no maldecirá mi memoria. (Prefacio general de las Obras Completas)
[17] Mémoires d'Outretombe, libro 11, cap. 4.
[18] Mémoires d'Outretombe, libro 13, cap. 10.
[19] Mémoires d'Outretombe, libro 13, cap. 11.
[20] Mémoires d'Outretombe, libro 16, cap. 8.
[21] Itinéraire de Paris à Jérusalem, p. 450.
[22] Itinéraire de Paris à Jérusalem, pp. 75 y 76.
[23] Itinéraire de Paris à Jérusalem, p. 116.
[24] Itinéraire de Paris à Jérusalem, p. 299.
[25] Itinéraire de Paris à Jérusalem, p. 449.
[26] Itinéraire de Paris à Jérusalem, p. 349.
[27] Journal de Jérusalem, Cahiers Chateaubriand editados par la Société Chateaubriand, 1950, nº 2, Librairie Armand Belin, 1950, p. V. Con transcripción y notas de Georges MOULINIER y Amédée OUTREY
[28] Journal de Jérusalem, p. 180.
[29] Journal de Jérusalem, p. 182.
[30] Journal de Jérusalem, p. 184.
[31] Amédée OUTREY, nota en Journal de Jérusalem, p. 182.
[32] CHATEAUBRIAND, Itinéraire de Paris à Jérusalem, p. 445. Vid. Jules BOSELLI, Réception du Vicomte de Chateaubriand dans l’Ordre du Saint-Sépulcre, Rivista Araldica, V, núm. 2, 1907, pp. 90-93.
[33] Reisen durch Syrien, Palästina, Phönicien, die Transjordan-Länder, Arabia Petraea und Unter-Aegypten (Berlín, 1854), t. II, p. 205, citado por Jean-Claude BERCHET en notas a Itinéraire de Paris à Jérusalem, p. 710.
[34] La Chanson d'Antioche, Editada por Paulin PARIS, París, 1848. Traducida al francés moderno por Micheline de COMBARIEU DU GRÈS, in Croisades et pèlerinages, París 1997, pp. 25 y sig. La Canción fue arreglada en 1180 por Graindor de Douai para que la composición fuera no escuchada, sino leída. Sobre su valor histórico, vid. Lewis A. M. SUMBERG, La chanson d’Antioche, Paris, Editions A. et J. Picard & Cie, 1968.
[35] Quelle hore qu'il voura chevalier en feron le dice Godofredo y él contesta Seigneur, ce dist Gontiers, à Dieu benéiçon! Ains que viene au sepulcre ne nous adoberon. La Chanson d'Antioche, canto IV, 17. También se puede leer la hazaña de Gontiers d’Aire en La Gran Conquista de Ultramar que mandó escribir el Rey Don Alfonso el Sabio, editada por Pascual de GAYANGOS, Madrid, 1851, libro II, capítulo XXXI y libro III, capítulo XXXI
[36] Otro cantar de gesta nos narra su muerte cuando subió el primero por una escala a la muralla en el asalto de Jerusalén por los cruzados, pero a este cantar no se atribuye, en cambio, la condición de documento histórico. La Conquête de Jérusalem, canto III, 9. Editada por C. HIPPEAU, Paris, 1877. Traducida al francés moderno por Jean SUBRENAT, in Croisades et pèlerinages, París 1997, pp. 171 y sig.
[37] Alain DEMURGER, Croisades et croisés au Moyen Âge, París, 2006, pp. 87 y sig.
[38] Jean-Pierre DE GENNES, Les Chevaliers du Saint-Sépulcre de Jérusalem, Versalles, 2004, t. I, p. 270.
[39] Ceremonial aprobado por la Congregación para el Culto Divino. Prot. Nº 1572/86.
[40] Cuenta la mujer de Chateaubriand en sus Cahiers (presentados por Jean-Paul CLEMENT, París, Perrin, 2001, p. 60) que alguien informó a Napoleón de que el barco en el que se había embarcado Chateaubriand en Túnez hacia la península ibérica había naufragado. El Emperador indicó “Es un hombre que honraba a Francia. Lo siento, yo que soy el único que he podido quejarme de él. Su mujer vive aquí y no vale la pena atormentarla inútilmente: esperad a que la noticia sea segura para publicarla en los periódicos”.
[41] Ghislain de DIESBACH, Chateaubriand, París, 2004, p. 203.
[42] Libro 7 de la Cuarta parte de las Mémoires d'Outretombe. Página 648 del tomo IV.
[43] Se refiere veladamente, cuando escribe esto en Venecia en 1833, a que Natalie de Noailles perdió su sano juicio en la última etapa de su vida.
[44] Advertencia al publicarlo en 1826.
[45] Mémoires d'Outretombe, libro 18, cap. 3.
[46] Así conocidos en España porque Luis XVIII en su mensaje al Parlamento francés con ocasión de la apertura de las Cámaras dijo para dar un aire de cruzada a la expedición: cien mil franceses están preparados para avanzar invocando al Dios de San Luis, afin de conservar el trono de España a un nieto de Enrique IV. (Miguel ARTOLA GALLEGO, La España de Fernando VII, Historia de España de Menéndez Pidal, XXXII, I, p. 809). De hecho no hubo más de sesenta mil soldados, y en Francia se refieren a ellos como Armée des Pyrénées. Sus cinco cuerpos estuvieron al mando del Mariscal Oudinot, del Conde de Reggio, del Príncipe de Hohenlohe, del Mariscal Moncey y del Conde de Bordessoulle.
[47] Le Congrès de Vérone, cap. 58.
[48] Mémoires d'Outretombe, libro 33, cap. 10.
[49] Mémoires d'Outretombe, libro 39, cap. 3.
[50] Manuel BRETÓN DE LOS HERREROS, Un francés en Cartagena, en Obras. Madrid, 1883, vol. III, p.264.
[51] Mémoires, tomo I, pp. 174 y 183. Citado por DIESBACH, Chateaubriand, p. 447.
[52] Mémoires d'Outretombe, libro 35, cap. 4.
[53] Mémoires d'Outretombe, libro 37, cap. 2.
[54] Mémoires d'Outretombe, libro 37, cap. 5.
[55] Correspondencia General, t. II (1808-1814), carta nº 650, p. 212. Citada por JULLIEN DE POMMEROL, op. cit.
[56] Correspondencia General, t. III (1815-1820), carta nº 826, p. 108.
[57] Conde MARCELLUS, Chateaubriand et son temps, París, Michel Levy, 1859, p. 408. Citado por JULLIEN DE POMMEROL, op. cit.
[58] DIESBACH, Chateaubriand, pp. 544 y sig.
[59] Itinéraire de Paris à Jérusalem, p. 450.
[60] Conclusión de las Mémoires d'Outretombe, libro 42, cap. 18.
Por: Juan Antonio Cremades Sanz-Pastor
Abogado de los Colegios de Zaragoza, Madrid y París
de la Real Academia de Nobles y Bellas Artes de San Luis
Comendador de la Orden de Caballería del Santo Sepulcro de Jerusalén
Presidente de su Sección de Aragón
Comunicación para las
V Jornadas de Estudio
sobre la Orden del Santo Sepulcro.
Centro de Estudios de la Orden del Santo Sepulcro
Zaragoza-Calatayud, 11-14 de abril de 2007
Hablando del sepulcro en nuestra religión, Chateaubriand |